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Olía pesado. Esa mezcla extraña de medicación, sangre, productos de limpieza y encierro. Olía a hospital. Kamila se mareó de inmediato, rememorando todas aquellas veces que allí había llegado. Abrió los ojos despacio; se sentía cansadísima, y, en realidad, no entendía por qué quería despertarse. Intentó mover su cabeza luego de poder ver, pero apenas si lo lograba. Algo le cosquilleaba en el rostro y divisó un fino tubo. Las manos no las movía en lo más mínimo. Miró a su alrededor y notó la enorme cantidad de flores casi marchitas y, entre ellas, la bolsa con sangre en alto.
-...tanta...sed -musitó. Una cabeza oscura se sacudió a su lado.
-¿Quién...?
-...sed...
-¡Kamila! -Martín pegó un respingo y miró a Kamila con sorpresa. La muchacha tenía el rostro pálido y los labios amoratados. Cogió el vasito con agua de la mesita junto a él y le ayudó a beber con mucho cuidado.
-Gra...cias.
-Descansa, cariño. Estás muy débil -Se miraron largo rato, esperando cualquier comentario del otro. Se sentían llenos de amor, pero, a la vez, dolidos por sus fallas mutuas. Kamila fue la primera en desviar sus ojos de los de Martín, pero rompió a llorar-. No llores por favor, amor. ¿Qué sucede?
Kamila se reusó a responder, y continuo llorando e hipando contra el hombro tenso de su novio. Este le suplicó que durmiese mientras le acariciaba los cabellos con dulzura.
Un rato luego, sólo se oía el suave respirar de una niña durmiente en su catre de hospital y la respiración violenta de aquel que le esperaba sentado en un sofá. Martín se acercó a ella y llevó su boca al lado de su oreja.
-Esperaba que sacarte de tu casa fuese una medicina...Me equivoqué.
Y salió...
...pero Kamila nunca se había dormido.
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