jueves, 17 de noviembre de 2011

Muerte 722

 Cuando Callie me ofreció ayudarle en su nueva muerte, traté de negarme (digo, además de pensar en una manera distinta a las anteriores de matarla, debía hacerlo yo sólo). Lamentablemente, Callie no era de las que aceptaban un no por respuesta, y estaba tan helada y podrida por dentro, que no se dio cuenta de que para la mayoría de los humanos era complicado matar a alguien.
— ¿Deberas tengo que hacerlo?—inquirí por enésima vez.
— Sí.
— ¿Y si digo que me da asco la sangre?
— No seas gallina—se burló—. Además, ya me viste matarme una vez. ¿Qué diferencia hay en ver el espectáculo desde primera fila?
— ¿Y si digo que me das asco , Callie?
 Callie frunció el ceño y me dio un empellón para que siguiéramos avanzando. La gente empezaba a mirarnos raro, aunque, más que por nuestra conversación, debía de ser por el vaho que se escapaba de los labios partidos y rojos de la chica que me acompañaba en mitad del verano.
— Mira, cariño, es muy sencillo—empezó, hablando bajo y con peligro en la lengua, lanzándome sus carámbanos afilados por los ojos—. Fue decisión tuya, sólo tuya, ayudarme. Si tanto te molesta, no hubieras aceptado desde un principio.
    "Camina más rápido, las muertes no se planean solas.

 Planificar una muerte era... morbosamente divertido. Callie me había hecho un listado de sus muertes anteriores, y me encontré con que, extrañamente, nunca se había colgado. Era demasiado creativa, y la gran cantidad de veces que se había matado era de unas maneras realmente extrañas. Desde lanzarme a desechos tóxicos hasta dejar que unos lobos me devoren, había en su lista. Cuando le di mi idea, sonrió.
— Luego de esto, sólo serán 288 más, y tendré paz al fin.
  Optimismo de no-muertos. Quién lo entiende.
—Y me dejarás en paz a mí, Callie.
—Y te dejaré en paz.

 Esa noche, la muerte 722 se llevó a cabo. No fue lindo. A pesar de estar ya muerta, la escena fue excesivamente real. Callie despertó unas horas después, y yo, divertido, la había dejado allí, con un banquito para no ahorcarla de nuevo. Se enfureció un momento, y luego, por primera vez desde que la había conocido, empezó a reírse. A carcajadas, con las manos en el estómago, resquebrajando el hielo que tenía tan dentro.
 El banquito se resbaló.
 Mi vida era una mierda, pero nunca creí que podía ser peor..., hasta hallar a la estúpida no-muerta que se mataba dos veces seguidas.
 Como ya he dicho, no estaba muerta.
 Estaba re-muerta.

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