sábado, 19 de noviembre de 2011

Porque te quiero

 Tuve que soportar tus bipolaridades, tus estupideces, Annie, porque ninguno de los dos tuvo las agallas de decir que nuestra condena era amarnos, pero separados por un puto muro. Mientras yo perseguía tu rastro, tan tenue y complicado, tú corrías tras aquel que sentía que lo que tenían no era más que un juego. Me dejé herir por tí, conejo blanco, porque, en realidad, eras la loba que dijiste nunca ser, y me atacabas cada vez que podías.
 En el fondo, tú eras las cazadora y yo la presa.
 Tuve que soportar todo de tí..., porque te quiero, demonios.

—¿Qué haces, conejo?
— Pensaba en... Boris.
 Pietro se tensó al oir nombrar a Boris.
— ¿Qué va mal?—pregunté. Sacudió la cabeza y bufó.
— Nada. Nada en absoluto.
 Volví a sentir la bofetada de hacía dos años, más dura que antes, intentando devolverme a la realidad.
 Mi corazón despertó, y dejó de bombear veneno como solía.
— ¿Por qué no me das un beso y lo arreglamos?—suspiré. Pietro me miró de malos modos, pero obedeció, y sus labios cayeron en mi frente.
— No tengo la paciencia como para rearmarnos a ambos, Annie. Sólo puedo con uno.
   «Lo gracioso es que creo que esa vas a ser .

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