domingo, 17 de julio de 2011

No vaya a ser que lo entienda

 Cain revolvió el té con tanta paciencia, que parecía como si no tuviese nada mejor que hacer que ver el líquido dar vueltas y vueltas por efecto de la fuerza de su cucharilla. Y era cierto, lo que resultaba un poco triste, a decir verdad. Miró a Luna con una sonrisa socarrona, acariciándole el muslo de improviso.
 Luna le dio una bofetada, y él rió con más ganas.
— Pervertido—musitó ella. Cain le plantó un beso, y ella trató de quitárselo de encima sin demasiado éxito. Se dejó llevar por el sabor de su tan conocida saliva y le envolvió el cuello con sus brazos, sintiéndole pasar las manos por sus piernas.
— Ejem...
 Cain movió su mano hacia Abby para que se fuese, y atrajo a Luna más cerca de su cuerpo. Abby les miró un momento, sacudiendo la cabeza.
— Esto es un lugar familiar, par de idiotas.
 De nuevo, no le prestaron atención. La chica, harta de esos dos, harta de su trabajo, y harta de todas las personas que les miraban, se fue a lo seguro...
— Oye, ¿esa no es la oficial Martins?
— ¡¿Dónde?!—exclamó Cain, soltando a Luna y empujándola contra la silla con demasiada fuerza.
— Uhmm... Falsa alarma— Antes de que el chico lograse comprender lo que su compañera de piso había hecho, ella agregó—. Cielos, mira la hora. Tengo que volar. ¡Adiós, chicos!
 Y se esfumó.
 No llegó demasiado lejos. A menos de dos cuadras de allí, chocó con Dianne. Esta le miró con curiosidad.
— Deberías ver por dónde vas, pequeña loca.
— Sí, sí. Sólo déjame seguir.
— ¿Cain otra vez?
 Abby asintió débilmente. Luego dejó que Dianne la apretase contra su pecho con ese aire maternal tan suyo.
 Una lágrima silenciosa brotó de sus ojos.

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