(Neutras. Vaya estupidez. Como si un insulto estuviese hecho para eso).
Callie parecía hecha de hielo. No se trataba de cómo era en sus modos, ni mucho menos en su temperatura.
Parecía de hielo porque, después de 721 muertes, no se puede esperar que el cuerpo no reaccione.
Muy en el fondo, seguía siendo humana, y, por tanto, mortal.
Sólo que menos mortal que yo.
— Cuéntame, fea... ¿Cómo moriste por primera vez?
Callie no respondió. Ya había hecho siete tentativas para que me lo contara, y, obviamente, lo de la tercera es la vencida se había ido de paseo. Me miró con sus ojos entornados, somnolientos.
Sólo quería terminar de morir para poder tener su lugar entre los cadáveres. Sólo quería algo de paz.
— ¡Ea, Callie, no tengo mil muertes para esperarte!—insistí. Lanzó un suspiró, formando volutas blancas. Ni el calor del Sol de verano apaciguaba el frío que la carcomía.
— Si te lo cuento... no seguirás insistiendo por la muerte dos, tres, cuatro, y todo eso, ¿no?
— Prefiero no prometer nada.
— Eso pensé— El silencio volvió a nosotros, más firme, más espeso. Callie tomó aire antes de empezar, y luego nada más tenías que dejarte llevar por la suavidad de su voz agotada.
Los copos de nieve se arremolinaban, furiosos, alrededor de la pálida chica sentada en la base del tronco de un viejo árbol. Tal vez un pino, tal vez un sauce (¿Realmente quieres que lo recuerda, después de 721 muertes?). Callie abrió los ojos, sin recordar más que la mareante sensación del alcohol recorriéndole las venas. Aún algo adormilada, se levantó la camiseta, dejando que el frío clima le congelara las costillas.
Una profunda herida le abría la piel. Callie dejó escapar un gemido, pero no se movió (No me di cuenta hasta que todo hubo pasado, de que esa herida no me dolía. Ni siquiera hubiera reparado en ella de no ser por el cosquilleo de las pelusas entrando en la carne).
— ¿Callie?
La aludida alzó la vista. De alguna manera, los ojos blancos frente a ella, con pequeñas pupilas en el centro, no la intimidaron.
Pero algo iba terriblemente mal.
— Debes ser muy afortunada— El extraño hombre se inclinó, rozando la nariz de la chica—. Te ganaste un pase por varios años, y todo lo que debes hacer por tu suicidio...
...es morir mil veces.
Creo que los números redondos empiezan a gustarme.
Esta es la entrada 100 del blog.
Y qué mejor forma de celebrar ese numero redondo que con otro todavía más redondo... (¿se puede ser más redondo solo por el hecho de ser más grande?).
ResponderEliminarMe encantan tus fragmentos, lo sabes (¿o... no?), todas siempre son tan directas, algunas tan originales, siempre tengo esa sensación de satisfacción con tus pequeñas palabras,pero eh, que no siempre comente no significa que no lea. Solo quería avisar, solo digo.
p.d. tus seguidores también están redondos (jo, y no es por decirles gordos)
Brindo por esta entrada número 100, no podría ser mejor para cerrar el círculo. Y la verdad es que este blog se pone cada día más bueno, más intenso y experto, de todas maneras :)
ResponderEliminar¡Tienes que hacer una continuación de esto! ¿Ya? No me voy a quedar tranquila hasta tenerla en pantalla. Callie. Hielo. You rock. Your fingers do. Saludos.