sábado, 7 de mayo de 2011

No me haces ni una gracia

 Te vas a esconder bajo las sábanas teñidas de rojo y vas a tratar de espiar a pesar del miedo. Vas a querer correr y no habrá salida, y seguirás bajo las sábanas. Masoquista, que no es pintura lo que tienen, es sangre, ni más ni menos. ¿Vas a hacer como si nada? ¿Por qué siempre es igual contigo? Vete a llorar en las faldas de tu madre, y a mí déjame en paz...
 Oh, espera. Tú madre está muerta. Yo la maté, ¿recuerdas, cobarde?

 — No te queda de otra; o te vienes conmigo, o te mueres, niña— Helena alzó los ojos del cuerpo inerte de su madre hacia la chica con el cartel que ponía su nombre.
— Dawn, yo...
— Y no me llames Dawn si te vienes conmigo. Acepto sólo DS. Estos de aquí no aceptaron mis condiciones, y ya ves como terminaron las cosas— DS se inclinó al frente, acortando la distancia entre la menuda Helena y ella—. No quieres terminar como ellos, ¿verdad?
 Helena negó con rapidez. DS asintió, y agarró la mano blanca de la niña para empezar a arrastrarla. Ella se resistía.
— ¡¿Qué haces?! ¡Mis padres...!—empezó. DS la cortó con una mirada mortífera.
— Que se vayan al infierno, donde se merecían estar. Tú y yo vamos a entendernos; o mejor dicho, tú me vas a entender a mí. No voy a ser condesciente contigo por ser una "muñequita", como deben llamarte, de cuatro años. Te voy a tratar como me trataron a mí si no te comportas, ¿captas?
 La niña dejó de gimotear y de oponer resistencia. No había salida: iba con DS o moría.

 Era preferible morir, pero Helena era muy pequeña para comprenderlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario