viernes, 22 de abril de 2011

La que se fue y no volvió

 Eran esos tiempos en que llovía sin cesar, y la gente corría a resguardarse bajo el primer techo que veían cuando la gota resbalaba por sus narices. Ella no lo hacía. Prefería sentir la lluvia, mirar como cada gota inundaba el aire y todo era vaporoso. Se quedaba absorta un rato, y luego entraba a casa cuando su madre le llamaba con un grito que hasta Dios debía escuchar tapándose los oídos, porque si se resfriaba, no había manera de detener la tos luego, según ella.
 Desde la ventana del frente, todo lo que yo podía hacer era mirarla. Mirar sus vestidos de flores y las largas trenzas con lazos, toda ella empapada. Y no es que fuera ninguna niña; hasta donde sabía, ella tenía los mismos quince años que yo. Con osos de peluche y muñecas, tenía quince.
 No sé, tal vez tenía esa cosa de Peter Pan, pero... ¿qué más daba? Si yo la quería, ¿que me importaba si estaba enferma?
 Me hubiera gustado ir a hablarle, decirle que cómo estaba, que si la lluvia estaba muy fría para ir a empaparme a su lado. No lo hice. Ni lo uno, ni lo otro, ni nada. Me quedé en la ventana viéndola mojarse. Y ella no me vio a mi. Nada más se quedó allí.
 Un día, llegaron ellos. Les vi entrar por la avenida en una camioneta blindada. Era grotesca; aún me dan náuseas cuando la recuerdo, toda llena de barro mezclado con sangre. Y se detuvieron ante su casa, cuando ella aún estaba bajo la lluvia. Se bajaron unos hombres uniformados que le ordenaron subir a la camioneta mientras su madre lloraba desde la puerta, viéndola partir.
 Y desaparecieron en la distancia... La que alguna vez fue la pequeña Gwendolyn Crystal se fue.
 Y cuando la volví a ver, todo lo que sentí por ella fue miedo... El mismo miedo que le tenía su hermana menor y todo aquel que la miraba.

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