— ¿Te duele mucho?
La cosa verde tenía la cara compugnida y se aferraba la cola como si se le fuera la vida en hacerlo. Nanai intentaba ser lo más delicada posible, pero sus manos eran torpes y de vez en cuando daba toques muy bruscos con la gasa empapada en alcohol a la cola escamosa del monstruo.
Porque esa cosa debía de ser un monstruo.
— ¿Cómo te llamas?— Nanai miró al monstruo con sus grandes ojos verdes, por entre el flequillo pelirrojo. La cosa le devolvió la mirada con su iris purpúreo.
— Marlo—respondió. Por entre las mil escamas de su cara, Nanai creyó ver que el monstruo enrojecía.
— No conocía ese nombre.
— Ni yo, hasta que le conocí a él.
Nanai pegó un respingo, y presionó demasiado fuerte en la herida, provocando que a Marlo se le escapara un chillido. Enseguida, se escuchó a su madre desde el pis superior, corriendo como loca de aquí a allá.
— ¡Hay que esconderse!—exclamó la niña. Marlo le miró dolorido.
— ¿Sí? No me digas—escupió. Nanai sonrió débilmente y se fijó en quien le había sobresaltado.
Otro monstruo, pero este tenía una melena desordenada, orejas que colgaban un poco (una tenía una mordida), ojos amarillos y nariz de gato. Era algo así como un león, pero con patas de pájaro.
— ¿Alguna sugerencia?—opinó este nuevo monstruo. Nanai se encogió de hombros. Marlo suspiró y miró al otro.
— Ven conmigo, Run. Yo sé dónde esconderse.
Los dos se fueron, y Nanai miró, asombrada, como las dos enormes bestias (que medían más o menos tres veces ella) se metían juntas en la parte donde estaba el tubo de desagüe del lavavajillas. Ni siquiera tuvieron que esforzarse para entrar, aunque se escuchó a Run decir:
— Marlo, como vuelvas a pisarme el estómago, te dejo una marca como la de mi oreja en la pierna.
Cuando la madre de Nanai entró en la cocina, sólo vio a su hija rodeada de artículos de primeros auxilios, con una gasa ensangrentada en la mano.
Se la llevó al hospital aunque no tuviera heridas visibles.
¿Era grave? Espero que no, pobre Marlo...
ResponderEliminar