domingo, 22 de mayo de 2011

Había otro escondido en la casa, ¿sabes?

— ¿Te duele mucho?
 La cosa verde tenía la cara compugnida y se aferraba la cola como si se le fuera la vida en hacerlo. Nanai intentaba ser lo más delicada posible, pero sus manos eran torpes y de vez en cuando daba toques muy bruscos con la gasa empapada en alcohol a la cola escamosa del monstruo.
 Porque esa cosa debía de ser un monstruo.
— ¿Cómo te llamas?— Nanai miró al monstruo con sus grandes ojos verdes, por entre el flequillo pelirrojo. La cosa le devolvió la mirada con su iris purpúreo.
— Marlo—respondió. Por entre las mil escamas de su cara, Nanai creyó ver que el monstruo enrojecía.
— No conocía ese nombre.
— Ni yo, hasta que le conocí a él.
 Nanai pegó un respingo, y presionó demasiado fuerte en la herida, provocando que a Marlo se le escapara un chillido. Enseguida, se escuchó a su madre desde el pis superior, corriendo como loca de aquí a allá.
— ¡Hay que esconderse!—exclamó la niña. Marlo le miró dolorido.
— ¿Sí? No me digas—escupió. Nanai sonrió débilmente y se fijó en quien le había sobresaltado.
 Otro monstruo, pero este tenía una melena desordenada, orejas que colgaban un poco (una tenía una mordida), ojos amarillos y nariz de gato. Era algo así como un león, pero con patas de pájaro.
— ¿Alguna sugerencia?—opinó este nuevo monstruo. Nanai se encogió de hombros. Marlo suspiró y miró al otro.
— Ven conmigo, Run. Yo sé dónde esconderse.
 Los dos se fueron, y Nanai miró, asombrada, como las dos enormes bestias (que medían más o menos tres veces ella) se metían juntas en la parte donde estaba el tubo de desagüe del lavavajillas. Ni siquiera tuvieron que esforzarse para entrar, aunque se escuchó a Run decir:
— Marlo, como vuelvas a pisarme el estómago, te dejo una marca como la de mi oreja en la pierna.
 Cuando la madre de Nanai entró en la cocina, sólo vio a su hija rodeada de artículos de primeros auxilios, con una gasa ensangrentada en la mano.
 Se la llevó al hospital aunque no tuviera heridas visibles.

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