miércoles, 25 de mayo de 2011

Las historias que tu madre no me dejaba contarte (1)

 Vamos a ver. Digamos que este no es exactamente un cuento; no es algo que me vayas a escuchar contarte mientras te arropo en tu cama, cariño, pero sí que es una historia.
 Conocí a una chica una vez. Tenía la sonrisa retorcida en muecas de dolor, y los dedos blancos y fríos, como un cadáver. Yo le dije siempre lo bonita que era, pero no puedes convencer a alguien de baja autoestima, ¿sabes?, yo yo lo fui descubriendo muy, muy lento.
 Digamos también, por qué no, que la quise mucho, pero nunca llegué a saber si ella sintió algo similar a amor por mí. Lo único que sacabas en claro con ella era que su pasado le atormentaba los días y las noches, y que aún le temía al presente. Guardaba su sonrisa Pepsodent bajo llave, y la sacaba a relucir cuando estaba cerca de mí, muy cerca, intentando sentir mi piel bajo los montones de ropas.
 Decía que tenía un invierno metido entre las costillas, y una persona chillándole: "¡ROBACUERPOS!" cada vez que podía. Y le creía, que era lo más gracioso.
 Y, para terminar rápido, te diré una última cosa:
 El hielo la mató cada día de su vida.

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