Me miró con sus tan azules ojos, sólo un momento, comiéndome con la mirada. Luego se colocó tras la oreja uno de los rubios mechones que le estorbaban. Estaba adorable con el cabello corto y el vestido color cielo, descalza por el buen dí que hacía. Se empeñaba en que el doblez estaba mal hecho, y desarmaba y rearmaba a su ave de papel. Dijo que era para Jane. Aun le veía la cicatriz en su brazo pálido, cerca de donde las venas se dibujaban, azules, en un lenguaje que debía aprender. Sonreía. Al fin, terminó su pajarillo y lo colgó con un hilo en el techo.
— ¿Y si Jane quiere que vuele?— le pregunté. Ella negó con la cabeza.
— Ya no quiere que las cosas vuelen.
— ¿Por qué?— Me estudió un momento, pensando en las palabras correctas que usaría.
— Tú volaste... No quiere que el resto lo haga también.
Me acerqué a ella y le besé la nariz.
— Dile que me han atado a ti para siempre...; que no puedo volar sin ustedes, ¿quieres?
Está es la entrada 50 del blog. Increíble que aun no me canse, personitas.
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