Cogió el libro entre los dedos y empezó a pasar páginas. No, no, no, no y no. Allí no había nada. Volvió a comenzar, para estarse bien segura de que no había pasado por alto algo, o que unas páginas traviesas se hubiesen quedado pegadas. Nada otra vez. Le quedó regusto de doble fracaso, y una humillación, imperceptible para el resto, se le metió entre la amígdala del cerebro (ésa, la que guarda los miedos) y las cejas. Sacó otro libro y empezó a voltear páginas. Dos veces, otra vez. Y otro libro. Y uno más. La bibliotecaria la miraba en silencio desde hacía rato; media hora como mínimo. Se dio cuenta de que era tiempo de cerrar y fue con la chica, que tendría unos veinte años, pero era pecosa como para tener trece. Tocó con suavidad su hombro y le sonrió cuando se cruzaron sus miradas.
- Puedo ayudarte. Ya vamos a cerrar.
- No va a encontrar lo que busco.
- Si me lo dices, tal vez...
La chica dudó. Se levantó y empezó a caminar hacia la salida. Cuando abrió la puerta para salir, volvió a mirar a la bibliotecaria.
- Buscaba una esperanza, pero ya veo que aquí no tienen.
- No conozco ese ibro.
- No es un libro. Quería creer que el mundo aun guardaba a los grandes héroes de la infancia..., pero lamento decir que los dibujantes lo tienen arreglado y los libros para mi edad con dibujos son sólo diccionarios. Ya ve, luego dicen que es la juventud la que echa a perder todo, ¿pero alguna vez los adultos se tomarán otra vez la molestia de ilustrar siquiera la letra capital para hacer nacer algo de imaginación en los niños monótonos de hoy?
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