— ¡¿Quién es?! — Sujeté con ambas manos el revólver. Las palmas me sudaban. Hice retroceder el martillo, para estar preparada, y apunté hacia un arbusto que se había movido —. ¡Responde, maldito!
Alguien se levantó en la oscuridad y entré en pánico. Maldije a Cazador y sus cuentos para meterme miedo. Se oyó un chillido que me resultó vagamente familiar y caí de trasero al suelo.
— ¡Mierda, Sybille, me metiste la puta bala en el brazo, joder!
Abrí los ojos y miré a la chica que salía de entre el bosque. Se cubría una parte del antebrazo con la mano, y un hilo de sangre descendía por su piel mientras refunfuñaba. Me levanté rápidamente y corrí a abrazarla.
— ¡Dios, Verbena, qué susto me diste!
— ¡Susto! ¡Casi me das en la tripa, pequeña idiota!
— ¿Qué haces aquí?
— No fuiste al entrenamiento, y el viejo no me contó que te habías ido, así que fui a tu casa, pero los guardias quisieron interrogarme y huí. Llevo tres días vagando por aquí, eres una maldita al no llevarme contigo.
— Verbena, no sabes en qué diablos te estás metiendo.
— Agradece que aun no te odio por el disparo, amiga. Estoy demasiado feliz de haberte encontrado como para enfadarme. Pero como una disculpa de tu parte...
... te acompaño.
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