A Naomi, Chopin le era como comerse a sí misma. Como sentir la necesidad del canibalismo, como volar desde un edificio, o quizás como husmearse en las venas abiertas. Chopin se le metía entre los sesos como una locura de lo más lúcida, una locura maravillosa que le carcomía por dentro con su "Marcha fúnebre". Naomi era capaz de escuchar toda la música existente, pero sólo Chopin no le dejaba un regusto de vacío. Si con "Nocturno" tocaba las nubes de humo de cigarrillo con un aire dulce, y "Tristesse" le hacía explotar el corazón, no le veía el problema a ser una chica entre suicida, peligrosa y adorable solitaria ("Si lo metes en la licuadora todo eso, y empiezas a hacerlo girar, salgo yo, una Naomi más"). Estaba tan loca por Chopin, por su adorado Frédéric, que en la espalda llevaba tatuado un pedazo de la partitura de "Nocturno".
Naomi, con su fascinación por lo clásico, fue siempre la más encantadora del grupo, pero, siguiendo sus extraños principios, que sólo ella conocía, la vida le permitió una caída libre sin paracaídas, y sin necesidad de parches luego, cuando ya el grupo habíase disuelto unos años antes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario