Se le había metido el agua hasta las medias. Sentada en el porche de la casa de Blanche C., se estrujaba el cabello y las ropas empapadas. Cogió la cesta que su amiga había olvidado en su casita del árbol, tocó a la aldaba con un león, y esperó.
– ¡Colette!– llamó al no recibir respuesta –. ¡Colette, traje tu cesta!
La niña giró la perilla y, con un pequeño sobresalto, notó que estaba abierto. Entró en puntillas, respirando muy despacio para no ser atrapada. Luego de echar un vistazo y asegurarse de que nadie le seguía, fue al cuarto de Blanche C., hallándola mirando temblorosamente por la ventana.
– ¿Colette?– Algo en la mente de la niña le gritaba "¡Vete, ahora que puedes!", pero ésta no le hizo caso. Se acercó a su amiga y le colocó su manita en el hombro.
– ¡Daphne!– exclamó la otra, alarmada –. ¡Vete, te tienes que ir!
– ¿Por qué?
– ¡Corre, Daphne! Yo...– Alguien aporreó la puerta del cuarto y a Blanche C. le palideció el rostro.
– ¿Qué pasa?
– ¡Está ebrio de nuevo!– Una última mirada a la puerta, y las dudas se esfumaron de la pequeña Blanche D. Cogió con firmeza la mano de su amiga.
– Me voy..., pero contigo.
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