Estudió los productos que la tienda le ofrecía. Mmm...,las tiendas de mujer nunca tenían lo que ella quería. Salió con su monedero aun llenó, dando saltitos de esos que volvían loco a Martín –aunque, claro, aun no supiese que existía ese maravilloso chico medio silla eléctrica–y entró en la tienda de al lado, una de hombres. Había justo lo que Kamila necesitaba: Camisas, muchas, muchas camisas. Buscó una blanca, de una talla que le quedara nadando en el cuerpo, y fue a la caja con una sonrisa enorme en su guapa carita. El cajero le miró con cierta curiosidad cuando ella le dijo que no era para regalo.
–Y, bueno, ¿para qué quieres una camisa de hombre entonces? ¿Te enviaron a comprarla?
–En lo más mínimo. Va a ser mía. Algún día, alguien me la va a quitar después de hacer el amor o me la pondrá con cariño..., y yo le quitaré sus camisas si me deja.
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