Nadaba, desesperada, por aquel océano interminablemente enorme, sin ser capaz de halllar el aire y a merced de cualquier pez extraño. Su lastimero llanto iba llenando aun más el lugar, mezclándose con el agua salada. Parecía reír, ya que sus lágrimas resultaban invisibles.
3 minutos y 20 peces antes...
...Había estado revoloteando con sus hojas, bien verdes por la temporada, en el aire puro y maravilloso. Vio al tiburón, el salto desde las aguas, pero no le dio tiempo de alejarse: las alas de hojas partieron lejos, el corazón de cristal se rompió en mil pedazos ante la violenta mordida.
Se estaba ahogando. Bueno, por eso su madre había insistido tanto en que aprendiera a nadar en vez de volar. Se hundía, y aquella repugnante oscuridad le envolvía...Y llegó una luz. Extraño, el fondo marino era oscuro, ¿no? Miró con mayor detenimiento, y le vio. El primer hombre con ojos de luz que nunca jamás vio. Y él vio a su primera chica-calabaza. Le tendió un corazón de cristal pegoteado, el de ella.
-Yo...no pude hacer nada mejor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario