¿Recuerdas esos días de invierno sin fin? Había una helada terrible que te atacaba a los huesos, y por eso, cuando te oía llegar, me dedicaba a prepararte un buen café en la cocina. Al llegar empezabas a desnudarte ahí mismo, porque te ponía verme cocinando lo que fuese. Al final terminábamos encajándonos como un par de piezas de rompecabezas, sobre la mesa o a lo que llegáramos primero. Te quitaba el frío absorviéndolo en mi piel, y luego de unos buenos besos en aquel abrazo que se soñabamos infinito, nos bebíamos rápido el café, tumbados junto al fuego de la chimenea, muy apretados en nuestra desnudez. Pero ahora que te fuiste, ¿quién te estará calentando los huesos y preparándote café?
No hay comentarios:
Publicar un comentario