Llevaba, apenas, su vestido corto. Con los brazos, piernas y rostro desnudos, uno se aventuraba a preguntarse : ¿no tendría frío allí parada? Daban ganas de agarrarla y llevársela a un cuarto con olor a productos de limpieza, donde nadie encontrase nada, y no necesariamente para hacer aquello por lo que se hacía llamar una puta (aunque, bueno, quién sabe que será capaz de hacer sola con un persona en un lugar como esos), sino para acurrucarla, quitarle esas medias que le marcaban las piernas como si se hubiera pegado a un enrejado, envolverle sus brazos-acaricia-desconocidos y darle un beso para hacerla dormir...
-Claudia, ¿sigues ahí en la ventana?-Claudia se quitó, sobresaltada, de su cómodo lugar y miró a Susanne con el rostro enrojecido.
-Perdona-susurró.
-¿Mirabas a Piper?-La muchacha abrió como platos sus redondos ojos infantiles por la sorpresa.
-¿Ese es su nombre?
-Sí. Vive en la casa de esa misma esquina donde ahora se encuentra. Deberías invitarla a cenar alguna vez.
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