A veces creo que puedo salir
Encogida bajo el alero protector del roble de nuestro patio, Callie no parecía más que una niña, apenas una muchacha azotada por el horror. Pálida, con cicatrices aún demasiado frescas para mi gusto, el vaho que emergía en volutas de su boca iba enredándose en su cabello, mucho más tangible de lo que cualquiera creería posible.
Escribía. Me sorprendió que alguien como ella aún tuviese el valor como para plasmarse a sí misma en un insulso papel.
A VECES CREO QUE PUEDO SALIR
A VECES...
Las palabras se me repetían, inconexas, vacuas, en mi mente demasiado enrevesada. Se aferraban a mis párpados con sus malditas garras de mierda, aferradas a una esperanza inútil. 54. Cincuenta y cuatro. Cinco y cuatro. A cada momento la ansiedad me rebosaba, me ahogaba. Apenas un número me separaba de tanto... De mi decisión, de la verdad... La vida, la muerte, todo encerrado en unos números, que para Ella (Él), no significaban absolutamente nada aparte de haber ganado. Me estremecí. Volví a poner mis ojos sobre el cuaderno...
A veces creo que no lo haré, cuando realmente importe.
Se nos estaba acortando el tiempo.
A VECES CREO QUE QUIERO VIVIR
Jonah, allí, con esos ojos aún llenos de lágrimas. No quiere que le vea llorar, y ya es tarde.
Ya es tan tarde.
A veces creo que quiero
Quiero
QUIERO
QUIERO MORIR.
(P.D. Callie es la que escribe de rojo. Rojo, rojo, como sus ojos después de quemarse los dedos. La cursiva es para las anotaciones en su cuaderno, y el resto es Jonah).
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