viernes, 7 de septiembre de 2012

en el lado izquierdo superior de nuestras cajas torácicas.

 Dicen que el ave fénix es inmortal, ¿recuerdas cuando te lo conté? Te encogiste de hombros, ajena al veneno de mi voz. Es una pena que seas inmortal, tonta; quería verte morir después de todo lo que nos ocurrió.
 Pero te encogiste de hombros. Eres inmortal, ¿en qué te afecta nada? A veces me pregunto si el polvo de mis heridas te cosquillea en los costados, o nada más lo limpias como si quitarás migajas de un mantel... 
 Pero te fuiste, ¿y de mí qué quedó, sino un dolor punzante en el lado izquierdo superior de mi caja torácica? Te fuiste, y me dejaste en el umbral de una puerta que se me hacía demasiado grande para contener mis penas, mientras te veía arrastrando tu estúpida maleta roja con calcomanías de esos lugares que íbamos a ver juntos.
 Qué manera la nuestra de querernos, así tan dentro, en la cavidad que siempre habíamos tenido vacía cuando estábamos cada uno por su lado. Maldita sea tu cavidad, que te alejó tan rápido de mí. Maldita tú, con tu pelo oscuro lleno de líneas rojas y esos ojos café-dorados que iluminaban el local cuando te sentabas a cantar acerca de todo lo que ansiabas sentir, y que yo ansiaba otorgarte. ¿Sabes cuál era el problema?...


... te encogiste de hombros,
y me olvidaste aquí.

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