lunes, 21 de febrero de 2011

Sansón siempre se iba primero.

 Dalila se había dormido en el autobús y despertó sin tener idea de adónde había ido a parar. Se bajó sin demasiado ánimo; el recorrido terminaba allí. Ni siquiera sabía en qué país estaba, pero sí sabía que no era ninguno que hubiese visto antes. Se sentó en mitad de la calle, deprimida, hambrienta, sola y dolida, esperando que alguien llegase para ayudarle.
 Media hora le parecía suficiente espera, así que volvió a echar a andar.
 Una leve niebla envolvía la calle, y a ella misma. Avanzaba hacia abajo, sin mirar atrás o a los lados. Empezaba a helar. Consultando a su reloj, se sorprendió de que fuesen las cuatro de la mañana. Inhaló el gélido aire que se arremolinaba a su alrededor y tarareó una de las tantas canciones que solía susurrarle a Sansón junto al oído.
 Se detuvo al sentir un bocinazo desde su espalda.
 Giró sobre sus talones, pero no pudo correr. Estaba paralizada, los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada. Las luces estaban ya tan cerca, que podría haberlas tocado. Todo pasaba tan rápido.
— ¡Muévete!
 Esa voz.
— ¡Dalila!
 No, no era real. Aun así, sintió la fuerza descomunal del empujón que la lanzó unos metro más atrás, haciéndola rodar por el pavimento húmedo. Logró frenar su violenta bajada y miró a través del cabello enmarañado sobre su rostro. Escuchó el crujir del metal, vio las luces explotar, y alcanzó, más bien por poco, cubrirse la cabeza antes de que le cortara la garganta un gigantesco pedazo de metal.
 Y todo se quedó en silencio otra vez. Hubo un destello blanco inmaculado, una sonrisa. Y luego, nada. Dalila se levantó cojeando, sintiendo los hilillos de sangre resbalarle por las piernas. Pero dejó de sentir todo cuando la niebla se esfumó, dejándole ver e camión que por poco la mata.
 En el frente, marcado como si hubiese alguien invisible aun, estaba marcado el cuerpo fuerte de un hombre. A la perfección, como un fósil o algo.
 Dalila se desmayó entonces, sin siquiera ver la cantidad terrible de sangre que bañaba la cabina del conductor... Sin siquiera molestarse en buscar a su alrededor a Sansón.
 Sansón siempre se iba primero.

1 comentario:

  1. suerte que Dalila tiene a su Sansón que puede rescatarla en los peores momentos. no todas tienen esa suerte.

    un beso :333

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