Kamila conoció a Martín el día en que sus padres decidieron enviarla a un loquero. Fue sola, ya que no la quisieron acompañar, sea por confianza, o repugnancia de su propia hija. Entró en una sala de espera amplia, con olor a viejo, lleno de muebles, fotos de pacientes y pintura desconchada. Se sentó en un enorme sofá rojo, que escupía polvo hasta por los clavos que sujetaban las patas. Y se disponía a esperar su turno con una revista de hacía años, cuando entró él.
Entró Martín.
Verlo fue como recibir un choque eléctrico, como un billón de volteos recorriéndole las venas y la piel. Y se enamoró perdidamente de esa electricidad. Porque Martín era más silla eléctrica que el príncipe azul de los cuentos. Siempre.
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